Cuando nuestro pequeño o pequeña empieza a andar, nuestro día a día y nuestra vida social cambia por completo.

Aunque depende del carácter de cada niño, es muy probable que nos toque estar levantados gran parte del tiempo, vigilándolo mientras explora el mundo, y que tengamos que correr más de una vez tras él o ella.

Todo ello para evitar que sufra daño alguno. Sin embargo, siento decirte que es imposible prevenir el 100% de los pequeños incidentes.

Las caídas, raspaduras y, por supuesto, los chichones, son casi inevitables. Aunque seamos los padres más atentos del mundo, más cuidadosos y a pesar de que hayamos preparado nuestra casa a prueba de bombas.

Tarde o temprano aparecerá el primer chichón, con su consecuente llanto profundo que nos hará sentir fatal.

Pero, al fin y al cabo, es un aprendizaje. Los golpes accidentales forman parte de la vida de cualquier niño.

Obviamente, siempre hay que prevenir golpes o accidentes peligrosos, pero un chichón por correr como un loco, al final le enseña a que, efectivamente, no hay que correr tanto (¡al menos hasta que tenga un buen equilibrio!).

“Pero es que yo no le quito ojo de encima, así que no creo que se haga ningún chichón” – ¡Já!

Ya verás cómo algún día ocurre. No podemos, ni debemos, sobreprotegerlos. Mientras esté al cuidado de otras personas (familiares, amigos, niñera…), cuando empiece a ir a la guardería… incluso si somos más efectivos que James Bond, tarde o temprano aparecerá el primer chichón. De verdad, siento decirlo.

Cuando aparezca, no te enfades ni te sientas mal, contigo misma si ocurrió mientras estaba contigo, y, por supuesto, tampoco con quien lo estuviera cuidando.

Los pequeños chichones, como decía son inevitables, y no revierten peligro (siempre que no sean golpes serios ni accidentes graves por imprudencias gordas, claro).

Echa mano de tu amor de madre y algo bien fresquito para ponérselo en la frente y, simplemente, saluda a su primer chichón.

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