La placenta es un elemento clave en el embarazo y el desarrollo fetal. A través de ella el bebé obtiene oxígeno y nutrientes aportados por la madre y, por supuesto, le proporciona el ambiente necesario para su correcto desarrollo y su protección durante la gestación.

La placenta comienza a formarse a partir de la segunda semana de embarazo y culmina su madurez durante el cuarto mes de gestación.

Ya hemos mencionado que es a través de la placenta como el bebé cubre sus necesidades fisiológicas, y es que se trata de un órgano compartido en contacto con la sangre materna. Por supuesto, no solo sirve para proporcionarle nutrientes al feto en desarrollo, sino que también para retirar los productos de excreción del bebé, como son el dióxido de carbono y los metabolitos de desecho.

El cometido de la placenta se limita a cada embarazo. Es decir, una vez concluido el periodo de gestación, la placenta es desechada, siendo expulsada tras dar a luz a nuestro hijo o hija.

De hecho, conforme se va acercando la fecha del parto, la placenta va envejeciendo; de ahí que se vigile con especial cautela en aquellos embarazos que se prolongan más de la cuenta.  

¿Y qué ocurre si nos quedamos embarazadas de nuevo? Pues simplemente que se desarrolla una nueva placenta en nuestro útero, ya que se forma a partir del mismo grupo de células que darán lugar a nuestro bebé tras la fecundación.

La placenta suele estar ubicada en la parte superior del útero y una vez implantada en el endometrio suele permanecer en el sitio. No obstante, algunas mujeres pueden tener la placenta demasiado baja, algo que suele observarse entre la semana 16 y la semana 20.

Durante el embarazo, a pesar de permanecer “anclada” en un punto de nuestro útero, la placenta puede moverse, pues al fin y al cabo es como un “globo de agua” que va aumentando de tamaño a medida que avanza la gestación.

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