El embarazo, el parto y la lactancia, sí, son etapas duras en las que podemos sufrir molestias, posibles complicaciones y en las que inevitablemente experimentaremos multitud de cambios en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida.

Sin embargo, somos afortunadas por poder disfrutar de esas etapas, incluso con sus aspectos negativos.

Los papás, aunque lo vivan muy de cerca, no pueden sentir cómo crece una vida en su interior ni llevar a cabo la alimentación del bebé de una forma tan directa como la madre durante el periodo de lactancia.

Por ello, durante los primeros meses donde el bebé es totalmente dependiente de la madre, algunos padres pueden sentir que son relegados a un segundo plano, que no cuentan o que no pueden hacer nada para contribuir con la crianza del nuevo miembro de la familia.

Obviamente dependerá de la personalidad del papá; hay padres más proactivos y más seguros de sí mismos que desde el primer minuto quieren implicarse, sea como sea. Pero también hay padres más inseguros que necesitan un empujoncito.

Por otro lado, también depende de la mamá. Algunas madres no son capaces de delegar, y abarcan, consciente o inconscientemente, todos los aspectos de la crianza del bebé: lactancia, cambio de pañales, dormirlo, la hora del baño… menospreciando las capacidades del padre y privándole de disfrutar de esta etapa de una forma más directa.

Sí, los primeros meses tenemos el instinto a flor de piel y no queremos separarnos ni un milisegundo de nuestro bebé; y, vale, es posible que muchos hombres sean más miedosos o inseguros con los recién nacidos; pero tenemos que trabajar en equipo.

Todos salimos ganando con la implicación del papá: el propio padre no se sentirá relegado a un segundo plano, nosotras evitamos el agotamiento y la extenuación, y el bebé comienza a establecer vínculos con ambos progenitores. Por todo ello, es importante que siempre hagas partícipe a tu pareja.

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