Seguro que, en algún momento, exhausta, con los pelos revueltos, sudor en la frente y cansancio hasta las pestañas, has pensado: “No llego”.

Y es que la vida de la mujer que es madre es un no parar. Digan lo que digan es un no parar.

El trabajo, la casa, el bebé (si hay hermanos, ya ni te cuento), las responsabilidades, los compromisos… ¿Cuán maravilloso sería si el día tuviese 50 horas?

Bueno, probablemente tampoco nos llegarían, ni 50 ni 70 horas.

Y tal vez, si no eres madre aún, te preguntes… ¿pero es que tu marido/chico no te ayuda? ¡Claro que sí!

Hoy en día tenemos la fortuna de que los hombres no son como antes, pero, a pesar de eso, siempre parece que las madres nos implicamos más de la cuenta. A veces por gusto y otras veces, porque no queda otra.

Por ejemplo, si estamos en periodo de lactancia, por mucho que nuestro compañero quiera ayudarnos la “parte gorda” nos toca a nosotras.

Tras la lactancia es cierto que la cosa se puede equilibrar si ambas partes contribuyen equitativamente, pero, aun así, creo que hay muchas mamás que siguen sintiendo que no llegan.

Pero es que cuando se nos pasa el momento “no llego”, en realidad, lo buscamos un poco. Al fin y al cabo, nuestro bebé es lo más maravilloso del mundo, y siempre querremos dedicarle cuanto más tiempo mejor; nuestro trabajo, es nuestra carrera y nuestra satisfacción profesional; las responsabilidades, son inevitables y, a veces, hasta da cierta satisfacción completar esas tareas.

En fin, que en la mayoría de los casos es un “no llego porque no quiero”; porque me gusta ser una madre completa, una mujer activa y autosuficiente, una persona sociable y responsable. Porque la vida, a veces nos estresa, pero lo suyo es sacarle todo el jugo posible.

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